Éusoj Nidlaj

\"GERD\" (RELATO, PRIMERA PARTE)

—Aquí es cuando me dice que debo perdonar a todos para poderme ir al cielito, ¿verdad, Doc?

—¡Jajaja! Vamos, Gerd, no te deshagas de lo que día tras día nos vuelve un poquito más humanos.

—Ya no puedo más. Esto se ha vuelto difícil tanto para mí como para mí...

—¿Qué dices? ¿Y tu madre? Que yo sepa aún sigue viva.

—Claro, vive... vive dentro de mí... Intenté por todos los medios creer que esto es pasajero, que en cualquier momento abrirá los visillos y se marchará... Pero no fue posible, no es posible. ¡Tú me ayudaste a concebir los primeros halos, ahora debes ayudarme a retirar todos estos bandos de mediocre obscuridad! Haremos de cuenta que fue un accidente; las pastillas, eso es, las pastillas. Nadie sospechará. ¡No!, no... no... es de fácil extracción. ¿Inyección, o qué sé yo? ¡Tú sabes, dime algo, Doc! 

 

El tiritar de su iris y la desesperación de su paciente hacían de él una raqueta que, contra la pared, cual pelota pasaba su valor.

 

—Cualquier cosa que tengas que hacer, hazla tú, no me involucres, por favor.

—No tengo las agallas ni para dispararme; odio la sangre. Ni para ahorcarme; detesto esperar... Ayúdeme. Líbreme de esto. Será nuestro secreto, o bueno, solo será el suyo...

—Está bien, está bien. Mañana ven a primera hora; para entonces ya habré encontrado una solución factible...