Luis Barreda Morán

La Dignidad de Los Años

La Dignidad de Los Años 

No quiero que el tiempo me pida perdón
por las huellas que deja en mi rostro.
Que venga la edad con sus manos tranquilas
y escriba sobre mi piel
la historia de todos mis días.

No quiero esconderme de los años
como quien teme a la luz de la mañana.
Prefiero esta cara que conoce la lluvia,
estos ojos que han visto partir los sueños
y regresar algunos convertidos en ternura.

¿Qué importa una arruga
si debajo de ella todavía canta la vida?
¿Qué importa un cabello blanco
si la memoria conserva
el incendio de tantas primaveras?

No somos vitrinas,
ni mercancías bajo la luz de un escaparate.
No nacimos para ser eternamente jóvenes
en la fotografía de un anuncio,
sino para caminar la tierra,
amar, equivocarnos, levantarnos
y dejar un poco de nosotros
en el corazón de quienes amamos.

He aprendido que la verdadera belleza
no hace ruido.

Está en la mujer que madruga
para alimentar a sus hijos,
en las manos cansadas que todavía acarician,
en quien comparte su último pedazo de pan,
en quien sonríe aunque la vida
le haya cobrado demasiado.

Ahí está la belleza:
en la dignidad que no necesita testigos,
en la bondad que nadie fotografía,
en el amor que trabaja en silencio.

Yo también tengo mis temores.
Hay noches en que quisiera levantar murallas
alrededor de quienes amo,
cerrarle todas las puertas al peligro,
detener con mis propias manos
cualquier sombra que pudiera alcanzarlos.

Pero la vida no se deja encerrar.

Entonces abrazo,
escucho,
acompaño,
y agradezco.

Porque quizá la felicidad
no sea conquistar el mundo,
sino sentarse alrededor de una mesa
cuando todavía humea el café,
escuchar las voces de la familia,
reírse de cualquier pequeña cosa
y descubrir, de pronto,
que ese instante sencillo
era todo lo que necesitábamos.

Que nadie me diga
que estoy envejeciendo.

Estoy creciendo hacia la tierra,
hacia la verdad,
hacia esa sabiduría que llega despacio
cuando dejamos de querer parecernos
a lo que otros esperan de nosotros.

Quiero seguir aquí,
con mis cicatrices, mis canas,
mis derrotas y mis pequeñas victorias,
con el corazón abierto
y los pies firmes sobre la tierra.

Porque no somos el rostro
que devuelve un espejo.

Somos la mano que sostiene,
la palabra que consuela,
la memoria que permanece,
el amor que damos
cuando nadie está mirando.

Y si alguna vez la belleza
ha de encontrarme,
que me encuentre así:

viva, agradecida, imperfecta,
arraigada en la tierra
y bebiéndome la vida
hasta la última gota.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Noviembre, 2015
Género: poesía lírica 
Forma: verso libre