El precio del olvido
—Quisiera perder la memoria para no recordarte.
—Tus palabras brotan sangrando desde tu pecho herido. Olvidarme de todo desearía y poder comenzar de nuevo —responde aquel que, de tantas penas, ya no encuentra abrigo.
—Quizá me oiga el cielo y se apiade de mí, borrando esto acontecido —clama ella, abrazada a sus piernas, llorando allí en el piso.
Ay, si supieran...
Ignoran la magnitud de lo que claman.
¿Quién soy yo, simple mortal, para mostrarles el alto precio que se paga por la impaciencia de transitar la magnitud de un dolor?
Si tan solo existiera la manera de invitarles a visitar el caos.
Un pie, o dos; tan solo algunos pasos, asomándose a cruzar por esa puerta que separa lo pasado, guardado en la memoria.
Duelen algunos recuerdos.
Duelen muchas tragedias.
Hieren los duelos, también los desengaños.
Me duele, como duele escucharlos.
Yo no invalido sus quebrantos; es que conozco el otro lado de la moneda.
Si tan siquiera fuera respondida alguna de esas peticiones, ellos, inocentes, ignoran que todo acto tiene sus consecuencias; todo esfuerzo tiene su recompensa.
Olvidar... no es como arrancar una hoja del cuaderno.
Esperar para sanar no es vivir condenado a caminar sobre fuego.
¿Quieres?
Te invito a recorrer los pasillos laberínticos del precio del olvido.
Es un color:
NEGRO.
Así como el negro físico absorbe toda la luz y no devuelve nada, el negro de la memoria representa la información que se ha borrado por completo de la mente.
Es un vacío donde antes hubo una vivencia, pero ahora no queda ningún rastro o reflejo que rescatar.
Mi mundo se detuvo allí, en ese negro...
Ojalá pudiera volver a recordar aquello que me dolió tanto, como para arrastrar consigo también lo bello.
Y, entre tanta oscuridad, volver a ver la luz
tal vez… encontrarme también con mi yo.