Anthony Carrasquel
El Eco de un Pecho Vacío
¿En qué punto puedo llorar si, asegún, los hombres no deben hacerlo?
Llevo demasiado tiempo siendo el muro de carga de todos,
pero por dentro estoy quebrado internamente y la fachada ya no da para disimularlo.
En mi pecho traigo amarrado un grupo de sentimientos que grita por su libertad:
una ansiedad constante que me apaga los días,
este batido amargo de tristeza mezclado con destellos de alegría,
y unos ojos que a cada rato se me llenan de lágrimas...
pero el mundo me exige feliz, sonriente, fuerte, nunca rompiéndome.
¿En qué punto se me permite soltar el llanto si, aun rodeado de tanta gente,
me siento profundamente solo y esta fría sensación no desaparece con los días?
Camino entre la masa pagando el peaje diario de ser el fuerte, el que resuelve, el que jamás falla.
¿Quién sostiene al que sostiene al mundo entero?
Nadie.
Me cansé de tragarme el veneno del \"todo está bien\" para no preocupar a los demás.
El cuerpo ya no me pide permiso para cansarse:
las manos me tiemblan cuando bajo la santamaría del día,
y el silencio de la noche no me cura, me acusa con su vacío.
Hoy los «te amo» de siempre me parecen vacíos, nulos.
¿A dónde se fue el «¿cómo te sientes?» verdadero?
Sí, sé bien que siempre digo que me encuentro perfecto a pesar de estar amigajado por dentro.
Sé que cargo un corazón acorazado, pero bajo esa armadura se me está asfixiando el alma y tan solo pide un poco de paz, un respiro.
Ya no me digas un «te amo» por cumplir ni me preguntes por compromiso cómo estoy:
hoy solo quiero un abrazo verdadero, de esos que aprietan tan duro que no te dejan soltarte hasta que se junten mis pedazos.
La rutina, el trabajo, el hogar, la familia, los amigos... todo se junta y me acorrala en una esquina de mi propia mente.
Oye, querido jefe, tus palabras en la oficina pesan muchísimo más de lo que crees y cortan profundo al que ya viene arrastrando los pies.
Oye, amor, la casa tiene que ser nuestro refugio, jamás un campo de guerra donde contemos los daños al final de la jornada.
Oye, hermano, si algo no te gusta o te molesta, habla conmigo de frente, sin distanciamientos que duelen más que un golpe.
Estoy cansado de sostener el techo mientras el suelo tiembla abajo.
Esta careta de piedra no me permite romperme por completo, me tiene atrapado en mi propio llanto escondido.
Esta armadura pesa una tonelada, pero no me va a enterrar vivo.
Me acostumbré a caminar con la mirada fija en el suelo gris,
viendo pasar de largo los pasos de un mundo que no se detiene a mirar.
Frente al espejo de mi cuarto se para un completo extraño,
un rostro desgastado por los inviernos que nadie me ayudó a pasar.
Las horas ya no avanzan, se me acumulan pesadas sobre los hombros,
mientras sigo buscando un rastro de luz en este cuarto a oscuras.
Escribí mis tormentas en hojas sueltas que nadie va a revisar,
y fui dejando pedacitos de mis fuerzas tirados en cada esquina del día.
El silencio de la gente hiere con la misma fuerza que una traición,
y sé bien que si un día mi silla amanece vacía, la rutina seguirá igual.
¿Quién va a notar que falta mi sombra resolviendo los problemas?
¿Quién se dará cuenta de que el fuerte también se podía derrumbar?
Pero ya apagué la expectativa de que alguien venga a rescatarme del frío.
Si vuelvo a levantar la cabeza algún día, no será por un milagro ajeno,
sino porque entendí que mis propias manos tienen que desatar este nudo.
Si me rompo hoy, que sea para armarme de nuevo con mis propios pedazos;
porque de este barro, de esta inmensa soledad y de esta tristeza guardada no nace un hombre vencido.
Sigo la marcha cargando mi propio cansancio a cuestas,
sabiendo que, cuando cae la tarde, nadie vino a preguntar por mí...
pero con un pecho que respira hondo, se limpia las lágrimas, se quita el polvo
y se niega rotundamente a callar.