El reloj no se apresura, nunca sabe cuánto falta. Solo avanza, segundo tras segundo, como si conociera un secreto que yo todavía no comprendo.
Yo, en cambio, quiero que el tiempo corra cuando algo me duele y se detenga cuando algo me hace feliz.
Tal vez esa sea la verdadera paciencia: seguir andando sin exigirle al tiempo que tenga prisa.
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Rafael Blanco López
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