LOURDES TARRATS

LA GUERRA TIENE HAMBRE

 

Desde
que el hombre alzó una piedra
contra la frente de su hermano,
algo en nosotros aprendió a tener hambre.

Han cambiado los dioses,
los imperios,
los uniformes,
las fronteras.

Pero no el hambre.

A veces llega precedida de himnos,
con metales brillando sobre el pecho
y grandes palabras en la boca:

patria,
honor,
justicia,
Dios.

Palabras hermosas
que también han sabido
vestir de ceremonia a la muerte.

Después quedan
una silla vacía,
una puerta que nadie abre,
una carta sin destinatario,
un reloj marcando la hora
para quien ya no tiene tiempo.

La guerra tiene hambre.

No pregunta quién tenía razón
cuando atraviesa una casa.
No distingue credos
cuando derrumba un templo.
No reconoce fronteras
cuando los caminos se llenan
de hombres que llevan a cuestas
lo poco que pudieron salvar.

Devora ciudades,
escuelas,
hospitales,
bibliotecas.

Devora al soldado
que aún guarda una fotografía
junto al pecho.

Al hombre que conserva las llaves
de una casa
que ya no existe.

Y al niño que una noche descubre
que también del cielo
puede caer la muerte.

La guerra tiene hambre.

Pero los muertos nunca le bastan.

Come el trigo antes de la cosecha.
El puente antes del regreso.
El libro antes de ser leído.
El beso prometido.
La mesa preparada.
La boda que no ocurrió.

Come lo que fuimos.
Come lo que somos.

Y, sobre todo,
come lo que
pudimos haber sido.

Porque la guerra
no mata solamente cuerpos.

Mata futuros.

Mata la casa
que alguien iba a construir.
El árbol
que alguien iba a plantar.
El viaje que esperaba una fecha.
La palabra
que todavía no había encontrado unos labios.

Mata la primavera
antes de que la tierra
sepa que era primavera.

Y nosotros miramos.

Desde habitaciones iluminadas
vemos arder ciudades
en pequeñas pantallas.

Deslizamos un dedo.

Una ruina.
Un cuerpo.
Un rostro cubierto de polvo.

Y mientras nuestros dedos
siguen descendiendo,
la guerra
sigue cavando.

Hay guerras que vemos
y guerras que hemos decidido no mirar.

Guerras recordadas.
Guerras olvidadas.

Guerras que mueren dos veces:
una, cuando entierran a sus muertos;
otra, cuando el mundo
deja de nombrarlos.

Entonces vuelve
la misma pregunta
que lleva siglos esperando respuesta:

¿Hasta cuándo
llamaremos victoria
a dejar una ciudad de rodillas?

¿Cuántos muertos hacen falta
para demostrar
que nadie ha vencido?

Pero yo me niego.

Me niego a entregar
la última palabra
a la guerra.

Porque después del fuego
alguien buscará a alguien.

Una mano removerá los escombros.
Otra, debajo de ellos,
buscará la luz.

Alguien compartirá su pan.
Alguien abrirá una puerta
a quien ya no tenga puerta.

Y una flor
brotará entre los escombros.

No una flor victoriosa.
No una flor inocente.

Una flor herida.
Pequeña.
Obstinada.

Una flor sin patria.
Sin ejército.
Sin bandera.

Una flor
que nadie podrá convencer
de odiar a otra flor.

Y quizá ella,
tan pequeña,
sepa aquello
que nosotros,
después de siglos de sangre,
todavía no hemos aprendido:

que la tierra
jamás perteneció
a quienes la conquistaron.

La tierra pertenece
a quienes la aman,
a quienes entierran a sus muertos
y aun así
guardan semillas.

A quienes,
después de haber visto
arder el mundo,
todavía se arrodillan,
abren la tierra con sus manos,

y siembran.

—L.T.

08/26/2026