Dios, o quien quiera que sea
el que reparte los dones,
no quiso que yo posea
con los versos relaciones,
así que voy a dejar
de dar la lata hoy mismo
para poderme alojar
en la gruta del mutismo:
esa que hay al bajar
al sótano del abismo.
Os leeré desde lejos,
aparcado en la distancia
con mis nuevos catalejos
a modo de vigilancia.
A ellas les mando un beso,
a vosotros, un abrazo;
y, si alguna vez regreso,
me devolvéis con un lazo
otra vez a la caverna
lóbrega del ostracismo.
O, mejor, a una taberna
de algún sitio con turismo 😉