Ella sabía
que, al dejar de quererlo,
escribiría en el limbo
pequeños testamentos.
Conservaría en la memoria
los secretos intactos.
Que tendría que
aprender a mirar sola
las auroras boreales
en ajenos meridianos.
Ella pensaba
que dejar de quererlo,
era un nuevo desalojo.
L.G.