crisantemo

Sola

 

Sin costaleros ni cirios
sale la virgen de casa
mientras el perro de julio
muerde la cal de las tapias
y a los negros adoquines
en sol y sombra separa.

Gira la llave y encierra
la soledad que la embarga.

En procesión de silencio
baja la cuesta a la plaza,
con cuatro pavorreales
estampados en la bata
que le cubre las rodillas
de hueso blanco de santa.
Las manos como sarmientos
se aferran a la baranda
todos los mimbres del cuerpo
suplican a la garganta
saetas de sentimiento,
saetas que ella no canta,
es tanto lo que ha llorado
que no le quedan más lágrimas.