La Guerra del Alma
Canta, corazón, si sabes,
esa antigua lucha interior
donde una luz apenas nace
y ya la cerca la sombra.
No hay campo de batalla más hondo
que el silencio de un alma;
ni espada más terrible
que aquella que empuña el pensamiento
cuando decide entre la noche y el alba.
El mal no siempre llega rugiendo.
A veces viene despacio,
con la voz dulce de una promesa,
con un resplandor engañoso
que parece libertad
y es sólo una cadena.
El bien, en cambio,
no suele levantar estandartes.
Camina descalzo,
sin gloria, sin testigos,
como una pequeña llama
que tiembla frente al viento
y, sin embargo, permanece.
¡Qué extraño destino el nuestro!
Llevamos dentro dos mundos:
uno que quiere elevarse
hacia la claridad de lo eterno,
y otro que, herido de orgullo,
prefiere reinar entre ruinas.
Y así, mientras duerme la noche,
algo combate en nosotros:
una voz pide perdón,
otra exige venganza;
una abre las manos,
otra las cierra.
Quizá el infierno no sea
un lugar perdido en los abismos,
sino el instante
en que el corazón, pudiendo amar,
elige destruir.
Y acaso el cielo tampoco esté lejos:
puede caber en un gesto sencillo,
en la palabra que no hiere,
en la mano que perdona,
en la conciencia que, después de caer,
todavía busca levantarse.
Porque la batalla no termina
cuando vence la sombra
ni cuando triunfa la luz:
termina solamente
cuando el hombre,
frente a sí mismo,
escoge qué parte de su alma
merece sobrevivir.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2015.