Veo nieve,
montañas pobladas,
disfrazadas con tela.
Un alpinista que clava estacas tímidas;
algo etéreo se avalancha sobre su estómago,
sobre su pensamiento...
siente la exquisitez de la nieve.
Aquellas cumbres borrascosas,
vestidas con esa suave tela,
lo incitan a recortarla del hielo que las cubre,
a seguir escalando hasta llegar al pico,
a empezar a nadar en esas olas de nieve
por una eternidad con fin.
Bajando hacia lo más superficial,
evitando incomodar,
buscando el placer de la flora
al pasar por la grieta entre hielos densos,
suaves y resbalosos;
intentando no dañarlos,
tratando de congelarlos con cada choque,
saboreando lo caliente
y profundo del mar húmedo.