Aquí te encuentras presente
y pareces estar ausente.
Dejas huellas en los pasos
que, aun borrados, dan su trazo.
Entonces dime, Heraldo,
¿por qué soy incapaz de percibir
la luna de sus ojos,
las estrellas de sus silencios?
Heraldo señaló la luna: «Ve y salúdala».
Señaló el riachuelo: «Ve y escúchalo».
Señaló el cortejo de las aves: «Ve y siéntelo».
Me señaló a mí y dijo: «Descubre tu sueño».
Atolondrado bajo la templanza de Heraldo,
cargaba enfundada la desdicha de sus ojos;
cabisbajo, me encerraba en el nudo
de mis propios pensamientos.
Pues ella estaba presente y Heraldo me señaló de nuevo:
«Cae la dicha de quien titubea demasiado».
Observé la luna brillar, el riachuelo sonar,
las aves cantar su latir;
giré ante el soplo del viento
y encontré su mirada frente a la mía.