En el salón dorado del mundo,
donde los sabios gobiernan su mentira,
había un bufón que reía…
y en su risa ardía la verdad
que todos temían oír.
Lo llamaban loco,
porque decía lo que pensaban
y nadie se atrevía a decir.
Pero su locura no era delirio,
era un espejo envuelto en burla,
un cuchillo vestido de chiste.
Cubríase los ojos
no porque no viera,
sino porque comprendía
que la verdad hiere
a quienes prefieren vivir ciegos.
En su mano, unas gafas sin cristales
recordaban a los falsos sabios:
los que aparentan entender,
los que hablan de luz
mientras caminan en la oscuridad.
El cetro con una cabeza
era el retrato del ego humano:
un reino construido
sobre la vanidad,
donde cada cual se corona
como dueño de un mundo
que no comprende.
Su risa no era locura,
era juicio;
su disfraz no era debilidad,
era libertad.
Porque el bufón, entre tanto poder,
era el único que había entendido el juego.
Y al final, el verdadero chiste
no está en que él se ría de sí mismo…
sino en que nosotros, tan serios,
creemos verlo todo
mientras vivimos ciegos,
guiados por gafas vacías,
adorando espejos rotos,
y aplaudiendo nuestras propias mentiras.
El bufón ríe,
porque en un mundo de ciegos,
el loco es el único que ve.