Me quedé mirando al vacío,
con una náusea similar al cólera,
con el vómito en las amígdalas,
dándome cuenta de que te amo.
Te amé y te seguiré amando,
con las típicas alucinaciones febriles
pensando solamente en ti.
A pesar de mis dolencias,
mi cabeza seguía llena de ti,
de tu estúpida sonrisa
y de la manera en que me haces reír.
Qué lujo de recuerdos oníricos
para este pálido dolor.
Me quedé de medio lado,
¿será la presión
o se me ha subido la bilirrubina?
Con las manos temblando,
te escribí un poema en mi locura,
una declaración inefable de amor.
Con el plato de caldo en el nochero,
me pregunté si tú también me amabas.
Tu sonrisa de niño
me hacía sonrojar.
La medicina no estaba funcionando.
Me inyecté un suero sin saber bien para qué servía;
ojalá que sirviera para los amoríos.
Me gustaría que fueras más directo,
más intenso conmigo.
Tomé la botella de agua,
sin saber que aquel plástico
también guardaba recuerdos.
Me incorporé como pude.
Al dar dos pasos,
me desplomé en el piso.
Te amo demasiado.
Te amo con mi locura
y con mi cólera rara.
Me empecé a reír,
ensopada por el sudor en el piso.
Qué muchacho tan hermoso
para esta confesión tan torpe.
Te amo mucho, ratón.
Espero que esto sea la señal
para que empieces a amarme.