José Luis Barrientos León

Oda a la fugacidad del numen

 

Vuelve la corriente donde el cauce frena

su curso antiguo, mientras el astro frío

desciende al horizonte que le impone

el curso de las horas.

 

Existe un hondo asilo inaccesible

a la planta del hombre y su destino;

allí brotan los labios como flores

que el viento deshoja libre.

 

En ese breve espacio un blando nido

de ramas y plumajes hoy resguarda

el canto del amante que celebra

lo efímero del día.

 

Tú, que reflejas la sagrada lumbre

en tus pupilas, y en tus manos llevas

la prisa temblorosa de la vida

que las deidades trazan,

vuelas con el ensueño que desatas

y me devuelves la primera aurora

de los años dorados que pasaron

y el tiempo devoró.

 

Te nombro en mi latir pausado,

con voz que imita el trueno del olvido;

mi mente, que en la sombra te edifica,

te aguarda con este himno.

 

¿Qué sabe el pálido satélite del cielo

del gozo terrenal que nos concede

esta fortuna dulce de entregarse

al fuego del amor?

Aceptemos el don del instante,

pues la noche nos llama.