Vuelve la corriente donde el cauce frena
su curso antiguo, mientras el astro frío
desciende al horizonte que le impone
el curso de las horas.
Existe un hondo asilo inaccesible
a la planta del hombre y su destino;
allí brotan los labios como flores
que el viento deshoja libre.
En ese breve espacio un blando nido
de ramas y plumajes hoy resguarda
el canto del amante que celebra
lo efímero del día.
Tú, que reflejas la sagrada lumbre
en tus pupilas, y en tus manos llevas
la prisa temblorosa de la vida
que las deidades trazan,
vuelas con el ensueño que desatas
y me devuelves la primera aurora
de los años dorados que pasaron
y el tiempo devoró.
Te nombro en mi latir pausado,
con voz que imita el trueno del olvido;
mi mente, que en la sombra te edifica,
te aguarda con este himno.
¿Qué sabe el pálido satélite del cielo
del gozo terrenal que nos concede
esta fortuna dulce de entregarse
al fuego del amor?
Aceptemos el don del instante,
pues la noche nos llama.