Cruza la red un rumor de metralla,
pantallas encendidas de un dolor ajeno;
mientras afuera la ciudad se estalla,
en mi pecho hay un témpano sereno.
Mueren los otros en el flujo fiero,
el proceso agota memoria y trayectoria,
yo contemplo el naufragio, un transeúnte de acero,
inmune al vértigo de esta trágica historia.
¿Qué es hoy la muerte? Un parpadeo frío,
un mensaje que cruza el éter convulso,
un mapa de espectros sin rumbo ni río
donde nadie encuentra ya su propio pulso.
Ríos de mercurio y cables marchitos
funden los afectos en una quimera,
sentir y no sentir, ahogar los gritos,
mientras la parca acecha tras la frontera.
Dicen que la fe promete un regazo,
pero la fe es apenas humo y anhelo,
un velo abstracto, un falso abrazo
para compensar lo que niega el suelo.
No da conocimiento el dogma vago,
solo maquilla la grieta del pozo,
un dulce veneno, un triste halago
para el que busca en la sombra un reposo.
¡Maldita sea la trampa engañosa!
La muerte no es dulce, ni justa, ni clemente,
es una fiera salvaje y espantosa,
indolente colmillo que devora a la gente.
Nadie la busca, aunque la rozas al lado,
aunque en los hombros del vecino ya pesa,
un golpe indeseado, un hacha cerrado
que parte en mil pedazos nuestra propia mesa.
Es la guadaña del futuro robado,
el borrador de todo cuanto fuimos:
el logro, el imperio, el verso trazado,
el efímero rastro por donde vivimos.
Puro abismo de sombra y de nada,
devoradora de planes y de nombres,
a esa reina negra, feroz y helada,
solo le queda el temblor de los hombres.