JUSTO ALDÚ

Mr. AND Mrs. JONES

A mi abuela, una martiniqueña inolvidable

Cuando Mr. Jones levantaba los ojos hacia el cielo, el sol de Panamá le parecía distinto al de Martinica. Quizá era el mismo sol, pensaba, pero allí abajo, entre el barro, el sudor y el estruendo de las máquinas, hasta el cielo parecía tener otro color.

Había llegado del Caribe con la promesa de un jornal y el sueño de construir una vida. Corrían los años de la construcción del Canal de Panamá, cuando aquella zanja gigantesca parecía una herida abierta en la tierra. Decían que por allí pasarían los barcos de un océano al otro y que Panamá cambiaría para siempre.

Mr. Jones trabajaba de sol a sol. La pala, el pico y el lodo eran sus compañeros. Ya  no era un jefe como otrora, era un peón. A su alrededor se escuchaban voces en español, inglés, francés, chino y otras lenguas. Había trabajadores españoles, chinos, antillanos y hombres llegados de muchos rincones del mundo. Pero la mayoría eran caribeños.

También estaba ella.

La que se convertiría en Mrs. Jones; trabajaba en las cocinas y en las labores de apoyo. Tenía unas manos pequeñas, pero firmes; manos que sabían convertir un poco de harina, café y esperanza en alimento para hombres agotados. Se conocieron una tarde, cuando él entró a la cocina con el rostro cubierto de barro.

 

—¿De Martinica? —preguntó ella al escuchar su acento francés con algunas expresiones en “patois” o “patuá”.

 

Él sonrió.

 

—De allá traigo el corazón.

 

Y quizá fue entonces cuando comenzó su verdadera construcción: no la del Canal, sino la de una vida juntos.

Se casaron sin música ni grandes ceremonias. Bastaron dos testigos, unas pocas palabras y la certeza de que, en aquella tierra extranjera, al menos tendrían un lugar donde mirarse sin miedo.

Pero el Canal también tenía sus muros invisibles.

A los trabajadores se les pagaba según el llamado Silver Roll y Gold Roll. Un sistema que separaba salarios y condiciones laborales de acuerdo con la raza y el origen. La discriminación estaba escrita en los reglamentos, en los comedores, en los alojamientos y hasta en la moneda que recibían.

Mr. Jones lo comprendía cada día con una nueva herida.

Una tarde, después de una jornada interminable, se sentó frente al campamento. Miró las nubes y creyó distinguir, entre ellas, las montañas de Martinica. Cerró los ojos.

Recordó el olor del mar.

Recordó a su madre.

Recordó las tardes en que nadie le preguntaba de qué color era su piel antes de ofrecerle un plato de comida, pero a otros no.

Entonces abrió los ojos.

Frente a él estaba el jefe blanco, montado sobre un caballo.

 

—¡Jones! —gritó—. Mañana empiezan antes del amanecer.

 

Mr. Jones bajó la mirada.

 

—Sí, señor.

 

El caballo siguió su camino.

Durante unos segundos, Jones permaneció inmóvil. Después levantó nuevamente los ojos hacia el cielo. Pensó en los hombres negros que todavía sufrían la segregación en Estados Unidos. Pensó en los pueblos sometidos del Congo Belga, en el racismo que comenzaba a endurecerse en Sudáfrica y en las sombras que todavía descendían sobre millones de seres humanos.

El mundo estaba construyendo canales, ferrocarriles y ciudades, pero no había aprendido todavía a construir igualdad.

 

Aquella noche, Mrs. Jones lo encontró sentado frente a la puerta.

 

—¿En qué piensas?

 

Él tardó en responder.

 

—En que estamos haciendo un camino para que los barcos puedan pasar de un océano a otro… y nosotros todavía no podemos cruzar la frontera que un hombre ha dibujado sobre nuestra piel.

 

Ella se sentó a su lado y tomó su mano. No dijeron nada más.

A lo lejos, las máquinas continuaban rugiendo. La tierra temblaba. El Canal avanzaba. Y, bajo aquel mismo cielo que había visto partir a los barcos de otros siglos, dos caribeños abrazados esperaban que algún día el mundo comprendiera una verdad sencilla:

ningún canal es más profundo que la injusticia, pero tampoco hay muro que el tiempo no termine derribando.

 

JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026

* El hombre puede huir de su pasado, pero rara vez consigue correr más rápido que su destino.

* Patois o Patuá es una mezcla de lenguas europeas como inglés y francés con lenguas criollas caribeñas (africanas e indígenas)

 * Durante la época de la segregación racial a los trabajadores negros se les pagaba menos que a los blancos. Silver rol para los negros y gold rol para los blancos.