felix rizo

APOTEOSIS II

La vieron allí muerta,
zanahorias peladas
hervían en la cocina.
Dos de la tarde,
el reloj no paraba
de contar los segundos.
Olor a tierra seca
fruncia su constancia
en el aire dormido de la tarde.
Ojos de algún fantasma
velaban los espacios
de la casa vacía.
La vieron allí muerta,
ah, Marina, luz de alcoba,
impresión de sombras,
serena como un árbol
que mueve despacio
sus ramas
bajo un cielo cenizo
de otro invierno.
¡No la busquen más!
¡No la atormenten!
Se ha ido por sí misma,
hoy diciembre diecisiete,
tocando con sus cansados dedos
una hermosa varilla de cristal
reposando el pentobarbital,
claro como una luna llena.
Adiós, adiós,
un abrazo,
un beso,
una sonrisa pequeña
como un copo de nieve.
Unos minutos después,
en medio de la tragedia universal:
entró la oscuridad.