Nos prometieron que los años embotarían el filo,
que el desgaste del cuerpo traería la tregua
y una distancia limpia para juzgar el daño.
Mentira piadosa de los almanaques.
El tiempo no es un sabio que absuelve;
es solo un albañil ciego apilando horas,
un río turbio que arrastra ramas secas
sin enseñarte a respirar bajo el agua.
Pasan las décadas. El miedo cambia de uniforme
y cava más hondo la misma trinchera.
Se acumulan los nombres, los tropiezos;
la piel ha crecido
alrededor de las cicatrices.
Se envejece con el mismo grito atorado en la garganta,
con las manos cerradas sobre lo perdido,
con la barbilla en alto
y el vaso temblando entre los dedos.
El reloj gasta los huesos, encorva la espalda,
pero deja la herida intacta, despierta.
El albañil vuelve cada mañana
con otro ladrillo.
La pared gana altura,
la cal blanquea las grietas;
pero detrás del muro
la humedad conserva su mancha.
Antonio Portillo Spinola ©