Se vende el tierno abrazo por dinero,
falsificando el fuego en la mirada
para saciar el ansia del viajero.
Se rinde a la tarifa estipulada,
ofreciendo un oasis de mentira
en la noche de lujos disfrazada.
El pecho por la fiebre no suspira,
pues la moneda dicta su embeleco
mientras el propio orgullo se retira.
Consume la pecunia en la mesita,
dejando la penumbra compartida
donde ningún latido resucita.
No deja huella alguna con su beso,
solo un frío contrato que termina
cuando se agota el oro del progreso.
Termina la función del escenario,
se viste con la prisa del olvido,
esclavo del negocio y del salario.
Es como una calma corta y adquirida,
un pacto sin memoria ni futuro
que borra los dolores de la vida.