Elizabeth Maldonado Manzanero

Si dejara para ti solo ese apartamento

Si dejara para ti solo ese apartamento,

me llevaría conmigo todas mis cosas.

 

Y cuando digo todas,

quiero decir el macrocosmos

que durante veinticinco años

fue cerniéndose sobre nosotros

y quedándose, poco a poco,

en cada rincón de estas paredes.

 

Me llevaría los pedacitos de vida

que fuimos por aquí y por allá sembrando,

como quien esparce semillas de pasado en el futuro

sin saber que algún día echaran raíces

en los rincones de un lugar

que, aunque por breves espacios

también ha sido nuestro hogar.

 

Me llevaría, por ejemplo,

la esencia de mi presencia,

esa huella invisible que respira

entre la habitación, sala, zotehuela,

baño, cocina, patio, y esas fatigosas escaleras

que te revelaron siempre mi llegada.

 

Me llevaría nuestras risas,

las que quedaron suspendidas sobreviviendo

incluso, a nuestros mutuos chistes malos

consiguiendo hacer  de cada tarde

una fiesta de lo cotidiano.

 

Me llevaría la tristeza,

esa mi tristeza, enorme

como una noche sin amanecer,

que me pesa cada vez que se hace tarde

y tú no andas cerca, deambulando.

 

Me llevaría la compañía silenciosa

con la que mirábamos películas viejas,

acostados uno junto al otro;

quizá tú, dormitando,

tan cerca y tan lejos de cualquier palabra.

Y mientras las historias sucedían en la pantalla,

nosotros extraíamos de ellas

algo que reconocíamos sin nombrarlo.

 

Sabes, tomaría del viento

las ondas musicales que nos acompañaron

y las guardaría entre mis manos

para que nunca volvieran a perderse:

las canciones que abrazaron nuestro silencio,

que se quedaron flotando sobre nuestras charlas,

sobre mis conversaciones para ti interminables,

sobre mis silencios o reproches y todo aquello

que sabía decir la música por nosotros.

 

Me llevaría las cortinas fronteras

entre nosotros y la aurora,

detrás de las que nos escondimos

para engañar al amanecer

y robarle unas horas más

a ese tiempo que nunca tuvimos.

 

Me llevaría las sábanas, mudos testigos

de nuestros sueños y placeres,

ese territorio donde la piel ardió cada tarde

o desvelamos la noche buscando el goce.

 

Me llevaría ese lugar sagrado

donde los suspiros aprendieron tu nombre

y el deseo, obstinado,

siempre encontraba el camino hacia ti,

a pesar de mis berrinches o de tus enojos,

me llevaría la cama y su base.

 

Me llevaría mis objetos fetiche:

mi labial,

mi máscara de pestañas,

la minifalda,

esas pequeñas cosas

necesarias para la ceremonia del erotismo,

que también decían, sin pronunciar palabra,

quién era yo

cuando me mirabas.

 

Me llevaría mis lágrimas

en pequeños frascos con gotero,

una por una, porque dolieron:

como perlas arrancadas

del corazón de una ostra.

Me llevaría las que quedaron atrapadas

entre las almohadas,

las que aprendieron a callarse

cuando la vergüenza les cerraba la boca,

cuando la ira les quemaba los ojos,

cuando el orgullo les prohibía caer.

Las guardaría todas,

incluso esas que todavía viven cerca

y que sigo derramándose

a cuentagotas.

 

Me llevaría también mi manera de mirarte,

ese modo tan mío de quedarme en tus ojos,

como si pudiera hacer de tu mirada

mi última patria,

mi perenne morada,

para habitarte aun sin tu permiso.

 

Me llevaría sin duda nuestra planta

que comió de nuestras manos

el sol de los besos que junto a ella, exhalamos.

el agua que nuestras manos y ms ojos le prodigaron,

la tierra que nutrimos con todo lo que desechamos.

 

Y sí también me llevaría porque no puedo dejártelo

el contoneo de mis caderas,

esa marcha sinuosa

que más de una vez capturó tu mirada felina tras mis pasos,

esa mi manera de caminar que fue una forma

de decirte: mírame: estoy para ti y en ti gozándome.

 

Me llevaría mis abrazos.

que siempre estuvieron dispuestos

al encuentro de tu calor,

a encerrarnos por un instante

fuera del mundo,

a formar entre los dos

nuestro propio firmamento.

 

Y antes de irme,

cargaría también con lo imposible:

tu piel,

tus gemidos,

tus caricias,

y esos “te amo”

que arden en algún lugar de la memoria.

 

Me llevaría, sin olvidarlos ni por un momento,

tus consejos,

tu paciencia,

tus oídos atentos a mis silencios.

 

Me llevaría esa forma tuya de escucharme

incluso cuando las palabras

se escondían de mí,

cuando mi voz no encontraba el camino

para decir solamente te amo.

 

Ya ves, amor,

que intentaría que todo cupiese

de nuevo en este poco espacio de mi cuerpo,

afanosamente,

desesperadamente,

como quien sabe que una vida entera

no cabe en una maleta.

 

Me llevaría todo lo mío:

las risas,

las lágrimas,

la piel,

la distancia,

el deseo

y el miedo.

 

Me llevaría lo que dijimos

y, sobre todo,

todo aquello que nunca pudimos decir.

 

Y al final,

si de verdad pudiera vaciar este apartamento

y llevarme cada cosa que me pertenece,

cada huella,

cada recuerdo,

cada pedazo de mí

que fui dejando entre estas paredes,

tú comprenderías

que al llevarme todo lo mío,

también te llevaría

junto a este apartamento, conmigo.

Me estaría llevando

a nosotros mismos,

los que somos, los que fuimos...