La forma de tu mirada
Llegas
con tu movimiento de aire
y desciendes
sobre la forma precisa
de la noche.
Por un instante
la oscuridad parece detenerse
para recibirte.
Traes contigo
la mirada de una estrella
que ha viajado
por el silencio
hasta quedar suspendida
en mis ojos.
Los pájaros atraviesan
el cielo
y dejan en su vuelo
un temblor.
Yo miro ese temblor
y encuentro en él
algo de ti.
Estás profundamente grabada
en mi mirada.
No como una imagen
que pudiera conservar,
sino como una presencia
que vuelve
cada vez que miro.
Busco en tus espirales
el texto del amor,
esa escritura
que no tiene palabras
y que, sin embargo,
mi cuerpo reconoce.
Brillas
en la nube nupcial de mis ojos.
Llegas
con un resplandor
que no sé de dónde viene
y nacen alrededor de ti
mis pensamientos,
como si tu presencia
hubiera encendido
una pequeña claridad
en medio de la noche.
Silenciosamente
surges como un árbol.
Extiendes tus ramas
sobre mi silencio
y algo de ti
comienza a crecer
dentro de mí.
Tu sombra alcanza
la hierba,
las colinas,
los lugares más hondos
de mi mirada.
Y allí donde termina
el paisaje
comienza tu rostro.
Allí donde la tarde
pierde su luz
aparecen tus ojos.
Te miro
y siento que el horizonte
ya no está frente a mí,
sino dentro de tus ojos,
abriéndose lentamente,
como si el mundo
hubiera encontrado
en tu mirada
otra manera de existir.
Entonces comprendo
que amar
no es solamente
mirar a alguien.
Es dejar que su presencia
modifique la forma
en que miramos el mundo.
Desde que llegaste,
la noche tiene otra profundidad,
los árboles
otra sombra,
el aire
otra memoria,
y mi propia mirada
ya no me pertenece
completamente.
Hay algo de ti
viviendo en ella.
Algo que permanece
cuando te alejas,
cuando la noche cae,
cuando los pájaros
desaparecen detrás del horizonte.
Algo que no puedo nombrar
pero que reconozco
cada vez
que vuelvo a mirarte.