Este será el último mensaje que te escriba.
Han pasado ya más de cinco años en los que hemos vivido entre ilusiones, promesas de amor y sueños que, por una u otra razón, nunca llegaron a convertirse en realidad. Y ya no somos niños; el tiempo nos ha enseñado que también hay amores que, aun siendo sinceros, no siempre encuentran la manera de hacerse realidad.
Te conocí en una etapa muy complicada de tu vida, y siempre traté de comprenderte, de entender tus silencios, tus circunstancias y todo aquello que quizá nunca pudiste decirme. Jamás te culpé por lo que no pudo ser, porque sé que en el día a día suceden cosas que escapan de nuestras manos.
Después de tantos años, nunca pudimos concretar siquiera una cita. Tal vez las circunstancias, la distancia, el tiempo o incluso tu familia —que seguramente te cuida como el tesoro valioso que eres— hicieron que nuestros caminos nunca pudieran encontrarse como yo hubiera deseado.
Quiero que sepas que jamás te mentí. Todo lo que sentí por ti fue real. Y aunque me duele aceptar que quizá siempre habrá algo pendiente entre nosotros, también entiendo que no puedo seguir esperando eternamente algo que nunca termina de suceder.
Te quedarás guardada en uno de los rincones más bonitos de mi corazón. Tu recuerdo seguirá brillando en mis ojos, tanto que a veces hasta me dará miedo llorar, porque sentiré que en cada lágrima podría escaparse un pedacito de tu imagen.
Seguramente seguirás llegando a mis sueños, como tantas veces. Y quizá allí, en ese lugar donde no existen distancias ni imposibles, podamos vivir todo aquello que la realidad nunca nos permitió.
Seguiré escribiendo versos en mis redes. No sé si algún día los leerás, pero entre cada palabra quedará algo de lo que sentí por ti; una parte de nuestra historia, un recuerdo y una imagen tuya siempre bendecida por el cariño que te tuve.
Hoy me despido, no porque hayas dejado de importarme, sino porque necesito que descansen tu corazón y el mío. Quiero que encuentres paz en tu alma, y yo también aprenderé a encontrarla en la mía.
Gracias por haber formado parte de mi vida, por las ilusiones, por los sueños y por todo aquello que, aunque nunca llegó a ser realidad, para mí alguna vez fue hermoso.
Te deseo una vida llena de amor, tranquilidad y felicidad. Y si alguna vez recuerdas mi nombre, espero que lo hagas con una sonrisa.
Adiós, mi querida. Tal vez no fuimos una historia de amor completa, pero siempre serás una de esas historias que el corazón recuerda con ternura.
Que Dios te bendiga, te cuide y te acompañe siempre.