Gime el pecho por ti,
en un celo tierno,
buscando tu calor con desespero,
mientras el intelecto se alza,
parco y helado,
descorriendo los velos de mi ciego anhelo.
La mente dicta hoy tu partida,
compara en silencio el bien con el ultraje;
sabe que tu amor es solo un espejismo,
un reino donde la herida es certeza,
y la vida se pierde.
¡Cuán fiera es esta cordura que proscribe el más hondo sentir que en mis adentros ha medrado!
Es como el hielo que sepulta el fuego consagrado,
un faro inmóvil que mira al barco extinguirse en la niebla.
Te amo en el suplicio y en la templanza,
con este pensamiento herido,
que aún te venera.
Renuncio al roce de tu boca, dulce compañera,
para salvar el norte de mi alma.