Me convertí en criminal sin saberlo,
sin armas, sin intención,
solo con el miedo absurdo
de perder el amor.
Me obsesioné tanto con la idea de perderte
que, sin darme cuenta,
a tus ojos dejé de ser refugio
y me convertí en amenaza.
Me perdí en nosotros
hasta olvidarme completamente de mí,
de lo que era,
de lo que soy,
de aquel hombre que existía
antes de convertir el amor en una batalla.
Viví entre lágrimas y lamentos,
entre recuerdos, miedo y desesperación,
y cada lágrima que derramaba,
cada intento de volver atrás,
cada palabra nacida del dolor,
terminó convirtiéndose
en otro crimen más en mi folio.
Mientras yo creía estar buscando respuestas,
cerrando un ciclo,
tratando de entender cómo salvar
lo que todavía amaba,
tú veías a alguien del que había que escapar.
Y quizá esa sea
la parte más cruel de esta historia:
yo nunca quise hacerte daño,
pero el amor no siempre se mide
por lo que uno quiso hacer,
sino por lo que el otro terminó sintiendo.
Me perdí intentando salvar un barco
que ya estaba hundido.
Y en mi desesperación por sacarlo del fondo,
por encontrar una última tabla,
por convencer al mar de que todavía había esperanza,
no entendí que cada intento
lo llevaba más profundo.
Hasta que un día descubrí,
demasiado tarde,
que mientras yo luchaba contra el naufragio,
me había convertido en quien lo hundía.
No fui el monstruo que quise ser.
Ni el hombre que imaginé que sería.
Fui simplemente alguien
que tuvo tanto miedo de perder el amor
que terminó convirtiéndose
en aquello de lo que ese amor
necesitaba protegerse.
Y quizás crecer
sea aceptar esa verdad sin defenderme:
que mis intenciones no borran tu miedo,
que mi dolor no justifica el tuyo,
y que amar desesperadamente
también puede hacer daño.
Hoy miro aquel barco desde la orilla.
Ya no intento rescatarlo.
Ya no persigo sus restos.
Ya no le pido al mar
que me lo devuelva.
Ahora intento encontrarme a mí
entre los restos de todo aquello que fuimos,
recordar quién era antes de nosotros,
y reconstruir al hombre
que olvidé mientras intentaba salvarnos.
Porque quizá el verdadero castigo
nunca fue perderte.
Fue perderme a mí mismo
intentando que tú no te fueras.
Y ahora me toca aprender
a vivir con las manos vacías,
con la certeza de que algunas cosas
no se pierden cuando las dejamos ir,
sino cuando, por miedo a perderlas,
dejamos de saber cómo amarlas.