He pensado en esa vuelta
más veces de las que quiero,
en personas y miradas
que, como alma, portan hielo.
El aire de la habitación
consumen y hacen pequeño;
volver a cruzar la puerta
de mis noches es desvelo.
Aprendí en estos meses
a mirarlo desde lejos,
y me asusta recuperar
horarios, silencios, gestos.
Pero hay algo que cambia ...
el trabajo dormía ajeno
y, mientras el no miraba,
refugio hallaba en mis versos.
Y es así, sin conocerme,
que a mi vida llegan ellos,
los que leen lo que escribo,
los que son mis compañeros.
Y dijeron:
qué bonito,
qué verdad,
qué fuerza hay ahí dentro,
sigue escribiendo.
Y esas pequeñas palabras
se convierten en aliento,
y de mi carente autoestima
son bendito alimento.
Con poemas en los bolsillos
es que ahora sí regreso,
porque ya no soy la misma:
fuerte, me he descubierto.
Me convierto en nueva mujer...
aguardaba un frío invierno
y he escrito todo el verano
para no romperme de miedo.
Mil gracias por sostenerme
en lo que soy, en lo que siento,
y enseñarme y recordarme
que mi voz merece un hueco.