La bruma aquieta el sepulcro,
aliento del suelo roto,
invierno que ya carcome
las migajas del silencio.
¡Qué gris la mañana fría!
Los copos se vuelven llanto,
se filtran por la madera,
rompiendo el fúnebre manto.
En el espesor del frío
germinan las horas quietas,
lentas gotas de sosiego
que deshacen el secreto.
Un débil rayo de luz
apenas mira la flor,
marchita bajo la escarcha,
sin vida ya ni color.
Un gélido olor a muerte.
La bruma baja y se atreve
a traspasar el sepulcro;
roza el cadáver y nieva.