Te digo chao, pero más que un despido informal es un eufemismo de la palabra que se quedó atravesada en mi garganta. No quiero gritar y dejar salir de mi boca el avispero; no quiero morirme ahora. Si dijera \"hasta nunca\", probablemente me quebraría; todo dentro de mí se ausentaría, sería como una plaga que de pronto aparece y extingue la vida.
Por eso digo: \"Chao, Gisela\", aunque las manos me tiemblen, la voz se me diluya y apenas pueda pronunciar tu nombre. Tú lo has notado y te apena mi tristeza, pero no te conmueve. Mueres por dar la vuelta y, una vez adentrada más allá de tres calles, olvidar mi nombre, mi carne hambrienta y el tinto de los sábados por la noche.
Chao, Gisela, ya no escalaré tus piernas ni me perderé en tu ojo de agua. Mi madre te inventará un seudónimo, no frecuentaré más el bar de la calle Bolívar y juzgaré como empalagoso el helado de guanábana. Cuidaré mis palabras para no tropezar con las que fueron nuestras.
Chao, Gisela.