Sol de la tarde colándose
por las rendijas del techo,
dibujando acostumbrados espectros de luz
sobre el piso de tierra aprisionada.
Juana con sus manos callosas y
su curtido delantal amarrado a la cintura
se yergue frente al viejo pilón de madera.
Sus brazos flacos, pero firmes,
mueven la mano del pilón
con una cadencia triste y conocida
siguiendo una vieja canción,
a veces una plegaria.
Cada golpe seco,
hondo y certero,
emulando un lenguaje
hacen saltar los granos de maíz;
también sus pensamientos
y una herida que no cicatriza.
Ella habla en silencio
con su viejo confidente,
el tubular y hueco madero
acostumbrado al embate de quien padece.
Él escucha con paciencia,
sabe que el síntoma
se deshace en el decir y el decir se hace golpe.
No le juzga ni interrumpe.
Los golpes del pilón llevan consigo
el peso de la reducida arepa que ya no llena.
El niño que acaba de nacer,
un marido que acaba de morir.
Extenuante faena
donde se descascarillan preocupaciones,
se machacan dudas una por una
en el lóbrego fondo.
El último grano molido detiene el golpeteo.
Juanita respira hondo,
tantea el borde de la madera
agradeciendo los consejos del viejo amigo.
La tarde hostiga el curso
del pequeño universo de la joven.
El perspicaz analista de madera
cierra sesión diciendo:
Un golpe a la vez,
un orden que las palabras no logran decir.
23-08-2026
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