Humberto Frontado

EL PILÓN LACANIANO

 

     Sol de la tarde colándose

por las rendijas del techo,

dibujando acostumbrados espectros de luz

sobre el piso de tierra aprisionada.

 

     Juana con sus manos callosas y

su curtido delantal amarrado a la cintura

se yergue frente al viejo pilón de madera.

 

     Sus brazos flacos, pero firmes,

mueven la mano del pilón

con una cadencia triste y conocida

siguiendo una vieja canción,

a veces una plegaria.

 

     Cada golpe seco,

hondo y certero,

emulando un lenguaje

hacen saltar los granos de maíz;

también sus pensamientos

y una herida que no cicatriza.

 

       Ella habla en silencio

con su viejo confidente,

el tubular y hueco madero

acostumbrado al embate de quien padece.

 

     Él escucha con paciencia,

sabe que el síntoma

se deshace en el decir y el decir se hace golpe.

No le juzga ni interrumpe.

 

     Los golpes del pilón llevan consigo

el peso de la reducida arepa que ya no llena.

El niño que acaba de nacer,

un marido que acaba de morir.

 

     Extenuante faena

donde se descascarillan preocupaciones,

se machacan dudas una por una

en el lóbrego fondo.

 

     El último grano molido detiene el golpeteo.

Juanita respira hondo,

tantea el borde de la madera

agradeciendo los consejos del viejo amigo.

 

     La tarde hostiga el curso

del pequeño universo de la joven.

El perspicaz analista de madera

cierra sesión diciendo:  

Un golpe a la vez,

un orden que las palabras no logran decir.

 

23-08-2026

 

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