racsonando

Un lunes

El Tránsito del Lunes
Yo, el hombre de las lloviznas, continuaré caminando sobre mi despertador de horizontes. La mañana despierta con su agresión habitual: ese animal cuadrúpedo que ladra en el alma su poco de metal, rompiendo la tregua del descanso.
Busco el rumbo entre la niebla del cuarto, tropiezo con el zapato derecho que se ha vuelto zurdo de pura soledad, y ante la frustración de los pequeños infortunios cotidianos —como esa tostada que insiste en caer del lado de la mantequilla, haciendo de la física una querella personal de la que soy culpable iré masticando la soledad y el absurdo existencial.
El gato ladino me mira, me mira mucho, calculando mi fracaso matutino con su cola diagonal y gris. ¿Qué queda entonces? ¿Pegarle un puñetazo al aire o reír un poco de este húmero tonto? Ese hueso frágil que se quiebra cuando intentamos, de codos en la mesa, sostener toda la pesadumbre del universo.
Al final, me queda la gana ubérrima de no tener costillas y el deseo de desayunar, fríamente, un solo número dos, bien frito, antes de volver a andar.