No nace del papel ni de la calma, sino del pulso hondo que palpita; es una voz secreta que se agita sin romper el silencio de la alma.
Es cazar con palabras una sombra, verter en tinta un fuego que no quema, hallar en el desorden del dilema el pulso exacto del lugar que nombra.
Escribir un poema es abrir puertas hacia un jardín que vive en el olvido, dejar la piel y el verbo suspendido en busca de memorias que están despiertas.
No busca la razón ni la corona, es solo un puente frágil y sincero: decir con voz de asombro lo que fuimos... y lo que de nosotros aún perdura entero,
rompiendo vidrios, golpeando el muro; es un trago violento, no un bocado lacio, es la luz desatada en lo más oscuro.
Escribir es tajarse las entrañas para dejar salir lo que nos quema, es desafiar al tiempo y sus montañas, es un grito indomable hecho poema.
Que tiemble la razón y el verso frío, si la poesía nace de la entraña: un torrente furioso, un hondo río que arrasa con todo y nos desentraña.
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