El Charro y el Mariachi
En tierras de México, de tradición y valor,
dos figuras distinguen su alma y su color:
el charro caballero, de estirpe y de linaje,
el mariachi que canta y lleva el mensaje.
El charro es jinete, señor de la llanura,
criado entre el campo, con nobleza y cordura.
Su traje bordado, con botones de plata,
sombrero de ancha ala que al sol se desata.
Lleva espuelas de bronce que suenan al andar,
sobre su noble caballo que sabe domar.
Es herencia de antepasados, de tierras y haciendas,
de lealtad, de honor, de nobles creencias.
Su tradición nace de la vida en el potrero,
de respeto a la tierra y al caballo el primero.
Se distingue por su porte, sereno y gallardo,
no necesita instrumento, su presencia es resguardo.
Representa al hombre libre, de palabra cumplida,
que honra a su familia y cuida su vida.
El mariachi nace también de esta raíz,
viste traje semejante, de bronce y de gris,
pero lleva en las manos instrumentos sonoros,
violín, guitarra, trompeta, cantos amorosos.
Su tradición es la música que pasa de generación,
el son, la ranchera, la canción del corazón.
Aprende desde niño a tañir y a entonar,
historias de este pueblo que sabe recordar.
Acompaña las fiestas, bodas y bautizos,
alegra las penas, une los hechizos.
Canta a la patria, a la madre, al amor,
su voz y sus cuerdas son su mayor valor.
No precisa caballo para recorrer la tierra,
con su canto viaja y su arte se encierra.
Aunque vestidos iguales, su misión es distinta:
el charro con su porte su herencia pinta,
el mariachi con su arte la hace sonar y cantar,
para que nunca se pierda lo que sabe inspirar.
Uno lleva la nobleza en su sangre y en su andar,
el otro lleva el alma para poderla expresar.
Juntos forman el alma de México entero:
tradición que se guarda y se lleva con esmero.
Uno es raza y linaje, honor y valentía,
el otro es canto y arte, luz y alegría.
Así conviven siempre, hermanos de raíz,
el charro caballero y el mariachi feliz.