Esta mañana encontré tu nombre
dormido dentro de una taza de café.
Lo desperté con una cuchara
y comenzó a llover sobre la mesa.
Tú estabas lejos,
sentada en una silla que daba al cielo,
peinando lentamente los cabellos de la luna
mientras los peces aprendían a caminar
por las paredes de mi habitación.
Yo tenía un corazón en los bolsillos,
pero se me escapó.
Corrió hasta tu casa
con sus pequeñas piernas de domingo
y llamó tres veces a tu ventana.
No abriste.
Entonces se convirtió en mariposa
y atravesó el vidrio.
Desde aquella noche
las mariposas llevan relojes
y todos marcan la hora exacta
en que comencé a extrañarte.
A veces despierto
y encuentro tus ojos sobre mi almohada.
Los guardo con cuidado
para que no se rompan con el amanecer.
Después salgo a la calle
y veo que las nubes han aprendido tu rostro.
Los árboles te pronuncian.
Las casas te recuerdan.
Hasta el viento,
ese viejo loco que nunca sabe dónde va,
se detiene frente a mi puerta
para preguntarme por ti.
Yo le digo que estás en todas partes.
En el bolsillo de mi camisa,
en la sombra de los pájaros,
en la grieta de una estrella,
en aquella canción que nadie escribió.
Y cuando me pregunta
por qué te amo,
le respondo:
porque una vez te miré
y el universo perdió el equilibrio.
Desde entonces
los planetas giran un poco más despacio,
la noche tiene sabor a naranja
y mi corazón,
que antes era un animal silencioso,
se pasa las madrugadas
construyendo escaleras hacia tu nombre.
Quizá mañana despierte
y descubra que todo fue un sueño.
Pero si sucede,
no quiero despertar del todo.
Prefiero quedarme aquí,
donde tú desayunas estrellas,
donde los relojes tienen alas
y mi amor por ti
no necesita existir en el mundo
para ser verdadero.