Stanley Herrera

Silencio en paz.

Sobre mí, el peso de los días

aniquila las últimas fuerzas que me quedan.

Estoy sobreestimulado por el dolor insensato

de existir a diario,

y odio sentirme así.

 

Odio habitar la sombra del silencio,

no porque desprecie la paz,

sino porque a veces siento

que mi presencia se vuelve imperceptible,

como si la vida misma

hubiera aprendido a pasar de largo.

 

Procuro coexistir con el mundo,

caminar en armonía entre sus ruinas,

pero el caos que me rodea

termina por recordarme

que quizá no soy capaz de soportarlo.

 

Duele existir dentro de mi cabeza

y, al mismo tiempo,

sentirme ausente del mundo que me rodea.

Es extraño estar tan lleno de pensamientos

y sentirse tan vacío de presencia.

 

Aun así,

conservo una pequeña esperanza:

la obstinada voluntad de permanecer de pie,

de seguir buscando,

incansablemente,

esa forma de felicidad

que todavía no sé nombrar.

 

Y ojalá no me toque llegar solo,

con el alma cansada

y el corazón malherido,

porque quizá estaría demasiado ciego,

demasiado roto,

para reconocer

que la paz,

silenciosa y paciente,

por fin había llegado.