Yo tenía una rutina
dentro de mi propio desorden,
me la enseñó la multitud
y lo pulió luego la soledad.
Tú llevabas tu rutina
dentro de tu propia soledad,
extrañando el ruido de la multitud,
construiste un orden.
Yo tenía por compañero
una melodía y unos versos
que dialogaban con mi rutina:
mis almuerzos en soledad.
Tu, llevabas tu rutina
construyendo poemas
hilvanados con hilos de acordes;
transmitías tus versos y tu orden.
Ahora, mi mesa está vacía,
solo mi plato y un piano,
sin voces para escuchar
al fantasma de la soledad.
Ahora, tú, sabrá Dios por qué,
ya no hablas con tu musa.
Quizá ya no escribes versos
o decidiste sanar y poner orden.
Volvió mi compañera ausencia
y se encontró con mi casa
vacía, sin pianos ni ecos
de tus versos. Hay solo desorden.