Ya no recuerdo
el primer poema que escribí
y la razón que me llevó a hacerlo.
Olvidé cuantos versos he escrito
desde entonces
y su razón de ser.
Se me llenaron los días
de borradores
de ideas inconclusas
y quizá por eso siento
que aún
no escribo mi mejor poema.
Puede que esté por ahí
en el desorden
tan ordenado
que me gusta con las letras
o
tomando en cuenta
que aún no llego
ni a la mitad de la vida
puede
que nisiquiera haya fecundado,
también está la opción
-Dios no lo quiera-
que nunca llegue.
¿Es enserio tan necesario
escribir un poema cumbre?
Ese en el que los intelectuales
encuentran
su métrica de mierda
(perdon, perfecta)
alagan a su autor
hasta qué lo conocen
y allí termina su encanto
porque no es más que un muchacho
sin gloria
que se gana la vida
volteando la tierra
que pisan sus pies perfectos.
Olvidan que
como dijo Dalton
la poesía es como el pan
de todos.
Ahora empiezo a entender
que mi mejor poema
nadie lo encontrará
porque no será bueno para nadie,
incluso
puedo asegurar
que será
el peor poema de todos.
Porque estas palabras
que me salen a borbotones
solo me bastan
para no atorarme
con los dolores de la vida,
son, sin duda
el mejor salvavidas.
¿Acaso un poema que salva vidas
no es el mejor de todos?