OLVIDANDONOS…
Dejé de llorar por ti, porque ya no te extrañaba.
Me acostumbre a tu ausencia y a tu olvido.
Pero pasas por enfrente de mí y te burlas y me hieres,
Con tus palabras austeras y tus amores ficticios.
Y te ríes como bufón de circo, por alguien que te despreció.
Ahora haces lo mismo, con un gran cinismo.
Ya no te lloraba, ni te pensaba, ni te buscaba,
Me había acostumbrado a dormir sola,
Y a abrazar la almohada, cómo si te abrazara a ti.
Dejé de orar por ti, por qué llegué a pensar que habías muerto.
Te dejé de escribir, porque no contestabas mis cartas.
Te dejé de amar, porque para mi eras un fantasma.
Te dejé de soñar, porque te volviste insomnio.
Fueron días vacíos, sosos, vanos, huecos, efímeros.
Llegué a pensar en el suicidio de las palabras, que dije muchas veces
‘’Te amo’’ ‘’te necesito’’ ‘’te anhelo’’ ‘’te deseo en mi cama’’
Quise ahogar mi corazón herido, sumergiéndolo, en la piscina del dolor.
Quise suicidar tu recuerdo, colgándolo, en el perchero en un rincón olvidado.
Me casé con un hombre, que vi en una revista, porque era muy guapo y atractivo.
Mas guapo que tú y entonces pensé, que ya no tenía que darte cuenta de mi vida.
Pero ahora pasas y me ofendes, con descaro, buscando amor en los ojos de la luna.
¡Bien sé que quieres provocarme celos y siempre lo logras!
Vida en ti ya no existe, deambulas por las calles como loco,
Porque no sabes ni cómo te llamas, ni quién eres, lloras como mariquita.
Te perdiste en la discapacidad de tus pensamientos y envejeciste en tu hastió.
Ya no te lloro, porque ya no te sueño, ya no te sueño, porque no te pienso.
Aprenderemos a vivir cada quien su vida, porque el olvido nos llegó a los dos.
Pero al final sigue vivo el recuerdo de las noches de pasión que vivimos.
Alicia Pérez Hernández... México
No es la pluma la que escribe, es el alma
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Un gran amor, un gran amor lejano
es algo así como la enredadera
que no quisiera florecer en vano
y sigue floreciendo aunque no quiera.
Un gran amor se nos acaba un día
y es tristemente igual a un pozo seco,
pues ya no tiene el agua que tenía
pero le queda todavía el eco.
Y, en ese gran amor, aquel que ama
compartirá el destino de la hoguera,
que lo consume todo con su llama
porque no sabe arder de otra manera.
El gran amor del José Ángel Buesa