El ayer es una estación clausurada donde el tren jamás retrocede;
una marea invisible nos arroja de frente hacia el abismo de las horas,
mientras los días rugen afuera con la insistencia de un viento ciego.
Te hallarás alguna vez sitiada por las sombras de tu propia mente,
extraviada en el laberinto desierto de la consciencia,
maldiciendo el instante primero en que se abrieron tus ojos al cosmos.
Pero en ese invierno del alma, desentierra el testimonio de mi pluma,
estas líneas que nacieron del eco de mi pensamiento en tu ausencia,
forjadas con la misma sustancia con que hoy te evoco.
El universo guarda un fulgor secreto que terminarás por descubrir;
bajo el peso de la angustia y el tedio de la existencia,
brotarán los lazos afectivos y la vibración de otros pechos.
Aislados, cada átomo humano no es más que una brizna insustancial,
un puñado de ceniza que el viento dispersa en la nada del tablero.
Sin embargo, hay almas que aguardan la firmeza de tu estirpe,
que reclaman el faro de tu templanza y el timbre de tu canto
para disipar la densa niebla y el clamor absurdo del mundo.