Sebas 1987

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Mientras el raterío hace mutis, la obra se acaba en manifestaciones violentas, producto del frío que sufre el rostro sin las máscaras adecuadas. Arcángeles siniestros y maullidos prestigiosos de gatos con anglofobia son el decorado.

Mientras tanto, a decir de algunos, debajo de la mesa se autoproclamaban funcionarios y reversos de pájaros.

Y aplauden, aplauden hasta el dolor, hasta el dolor ajeno. Se cruzan de nombres y, cada tanto, sacan pececitos del bolsillo.

El actor principal, a saber, se aferra con pavor a unos colmillos católicos y, sin evadirse, muestra idiotamente el lustre de su nariz y la obsecuencia de su manga, y así se asegura la subjetividad.

Fumadores obscenos crean una cebolla en el ambiente y tiritan en cada párpado vidente. Gritan zozobras de zonceras y levantan el cuello como en un entierro popular.

¡Oh! Qué cretino: confíe en otro cretino peor que yo, que cree ser nihilista en un café casino, en una sala de purgatorio, en un after suit, en una columna eterna de aguaceros electrónicos.

Mientras el raterío sonríe y se abren entre paraguas y murmullos, diría la retórica deleznable: declaró que llueve y seguirás siendo la noche, hasta que la luna, perra, jamelgosa y púrpura, me vea, me vea con tantas ganas de verte...