Creí que amar era resistir al viento,
no soltar su mano, convencer al mundo;
y en algún momento de aquel camino,
todo cambia y se convierte en refugio.
Descansar de la batalla tocaba,
ya nada había que demostrar;
al puerto, por fin, había llegado
y el viaje parecía tener final.
Lo que no sabía es que al llegar,
iba a construir barcos para otros,
que el mejor homenaje para aquel amor
sería irradiarlo donde pidieran mis ojos.
Mirar con ternura, consolar con abrazos,
comprender al diferente, sembrar bondad;
y allá donde la dureza apareciera,
por encima de todo, defender la dignidad.