Mi alma fue vaciada en una bocanada, donde el fuego se guardó en mi interior y el humo me provocó asfixia, cortó mis palabras y mi voz.
Sentí que me envolvió aquel ardor y entre las brasas de tus miedos me perdí: eres esa chispa constante, la que marea y ciega.
Con tus dedos azucarados tocaste mis labios, cuando los levantaste dejaste un rastro amargo.
Convenciste a mi boca de que mi entrega fue por criterio propio y no un cambio de sabor a tu favor.
Desafiaste la tristeza de mis ojos como si la culpa recayera en mi cuerpo vulnerado, como si la soga siempre hubiera estado en mi cuello y tú me sostenías la silla en los pies.