Poesía en llamas

EL JARDIN DE INGRID Capitulo 3 final

 

Capitulo 3

LA ULTIMA ESPERANZA

 

 

 

En el reino de Harald se corre la voz de que Eirik no regresará con la Flor del Alba. 

 

Nadie sabe por qué. 

 

Solo Harald conoce la verdad: es que la única flor del alba  ha desaparecido en territorio enemigo y Astrid se muere.

 

Su primera reacción es la ira. 

 

Cree que Sigurd ha condenado a muerte a Astrid. 

Ordena preparar a sus hombres. 

Después de cuarenta inviernos de guerra, todo parece conducir a la batalla definitiva.

 

Antes de partir, llega una pequeña comitiva desde el reino de Sigurd. 

No viene armada para combatir. 

Lleva un símbolo de paz y un mensaje:

 

“El rey Sigurd os invita a acudir con vuestra hija al Valle Blanco. La Flor del Alba ha dado semillas. Si los dioses nos son favorables, la primavera traerá una nueva esperanza.”

 

Harald duda. Podría ser una trampa. Pero también podría ser la única oportunidad de salvar a Astrid.

 

Decide ir.

 

“Aquel día no se encontraron dos reyes enfrentados por un reino. Se encontraron dos padres unidos por el amor a sus hijos.”

 

Trazaron una tregua.

 

Pasaron los meses y el duro invierno.

 

Eirik trabajó bajo la nieve.

 

Protegió las semillas del hielo.

 

Regó la tierra cuando todo parecía muerto.

 

Harald acudía algunos días para contemplar las flores y observar a Eirik el cual trabajaba incansablemente para salvar a su hija.

 

Con el tiempo ambos reyes dejaron de evitarse.

 

Se sentaban junto al fuego.

 

Hablaban de sus hijas cuando eran pequeñas.

 

Reían.

 

Lloraban.

 

Descubrieron que un padre se parece demasiado a otro como para seguir siendo enemigo toda la vida.

 

 

Llegó la primavera.

 

Gracias a las semillas, las primeras Flores del Alba cubrieron el valle.

 

Días mas tarde Freya ya empezaba a sanar.

 

Los dos reyes abrazaron a Eirik.

 

Harald levantó su copa.

Sigurd hizo lo mismo.

 

Lo celebraron con un gran banquete y abundante hidromiel .

 

Eirik ya tenía las flores suficientes para emprender el regreso a casa y salvar a Ingrid.

 

En ese instante un jinete apareció entre la niebla.

 

Su caballo avanzaba despacio.

 

No traía estandartes.

 

Ni noticias de guerra.

 

Solo una especie de bandera de paz en forma de pañuelo.

 

Descendió del caballo.

 

Se acercó a Eirik.

 

Y dejó sobre sus manos un pequeño pañuelo blanco.

 

El mismo que Ingrid llevaba siempre al cuello.

 

No hizo falta decir una palabra.

 

Eirik cerró los ojos.

 

El pañuelo aún conservaba el aroma de su hija.

 

Una única lágrima cayó sobre la tela.

 

Harald comprendió.

 

Sigurd también.

 

Ninguno encontró valor para hablar.

 

Pasó un largo rato.

 

Hasta que Harald rompió el silencio.

 

—Siento no hayas llegado a tiempo, pero la mitad de mi reino es tuyo.

 

Eirik negó lentamente.

 

—No, majestad.

 

—Cuando acepté vuestra misión lo hice por una sola razón.

 

Mi hija.

 

He salvado a las vuestras.

 

Pero no pude salvar a la mía.

 

¿De qué sirve un reino para un padre que vuelve demasiado tarde?

 

Nadie respondió.

 

Entonces Eirik levantó la vista.

 

—Jurasteis que, si fracasaba…

 

…me esperarían la horca y la muerte.

 

Harald dio un paso adelante.

 

—No has fracasado.

 

—Sí.

 

Solo había una vida que realmente debía salvar.

 

Así que no quiero vuestro reino.

 

Solo quiero que cumpláis vuestra palabra.

 

Llevadme a la horca.

 

Harald dejó caer la corona al suelo.

 

Sigurd hizo lo mismo.

 

Por primera vez no eran reyes.

 

Solo eran padres.

 

 

Aquella noche, un pequeño drakkar descendió por el río.

 

Sobre él descansaba Ingrid.

 

Rodeada de Flores del Alba.

 

Eirik sostuvo la antorcha con manos temblorosas.

 

—Perdóname…

 

Susurró.

 

El fuego comenzó a iluminar el agua.

 

Nadie habló.

 

Cuando el barco empezó a alejarse, Harald colocó una mano sobre el hombro derecho de Eirik.

 

Sigurd hizo lo mismo sobre el izquierdo.

 

Los tres permanecieron inmóviles.

 

Mirando cómo las llamas se perdían entre la niebla.

 

Harald rompió a llorar.

 

Sigurd también.

 

Y abrazaron a Eirik.

 

No como reyes.

 

Como padres.

 

Comprendieron que ninguna guerra merecía el llanto de un solo hijo.

 

Meses después, donde Eirik había sembrado las semillas, nació un inmenso jardín de Flores del Alba.

 

Los dos reinos decidieron cuidarlo juntos.

 

Ningún niño volvió a quedarse sin remedio, sin esperanzas y sin sueños.

 

Cuando llega la primavera y el viento acaricia las flores, todavía puede verse a un viejo carpintero caminando entre ellas con una pequeña niña de la mano.

 

Algunos dicen que es solo una leyenda.

 

Otros recuerdan el lugar donde nació una promesa.

 

A día de hoy, los ancianos todavía lo llaman…

 

El jardín de Ingrid.

 

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