Corazón solitario
Hay corazones que no dejaron de amar,
aunque los años hayan puesto
polvo sobre sus ventanas.
Corazones que una mañana
vieron partir a quien amaban
y desde entonces
aprendieron otra forma de la tristeza:
esa que no grita,
esa que se sienta a nuestro lado
y envejece con nosotros.
Yo también te perdí.
Y no sé en qué momento
tu ausencia se convirtió en costumbre,
ni cuándo dejé de esperarte en la puerta,
pero sé que todavía hay noches
en que mi corazón pronuncia tu nombre
sin que mis labios lo sepan.
Te fuiste
y te llevaste algo que no pude recuperar.
No fue solamente tu cuerpo,
ni tus manos,
ni aquella manera tuya
de mirar el mundo.
Te llevaste la parte de mí
que todavía creía
que el amor podía durar para siempre.
Después vinieron otros días,
otras voces,
otros rostros.
La vida quiso ponerme compañía
en el camino,
pero nadie volvió a sentirse como tú.
Y comprendí, demasiado tarde,
que hay amores que no se reemplazan.
No porque sean los únicos posibles,
sino porque algunos dejan una habitación
dentro del pecho
que nadie vuelve a ocupar.
Así pasaron los años.
Aprendí a conversar con la gente,
a sonreír en las fotografías,
a caminar por calles llenas
sin que nadie sospechara
el enorme silencio que llevaba dentro.
Mi corazón no estaba vacío.
Estaba lleno de ti.
Lleno de tardes que ya no regresan,
de palabras que quedaron suspendidas,
de abrazos que el tiempo
no consiguió borrar.
Y quizá esa fue mi condena:
tener todavía tanto amor
y no encontrar unas manos
donde dejarlo.
Hay quienes creen
que estar solo significa
no tener a nadie.
No saben que la soledad más profunda
es haber conocido una vez
la compañía que hacía parecer pequeño
todo el vacío del mundo.
Por eso no te olvidé.
No porque haya elegido vivir en el pasado,
sino porque hay recuerdos
que dejan de ser recuerdos
y se convierten en parte de la sangre.
Tal vez algún día
mi corazón deje de esperarte.
Tal vez un día
tu nombre sea solamente
una sombra tranquila
en la memoria.
Pero hoy todavía existes
en ese lugar secreto
donde guardamos
aquello que perdimos
y que, sin embargo,
jamás dejamos de amar.
Y si alguna vez llega el último día
y me encuentra solo,
no será porque mi corazón
no supiera amar.
Será porque una vez amó tanto
que después de perderte
no encontró dónde poner
todo lo que quedó.
Entonces quizá cierre los ojos
sin reprocharle nada a la vida.
Porque habré comprendido,
al final del camino,
que algunos corazones
no nacieron para olvidar.
Nacieron para recordar.
Y el mío,
aunque cansado,
aunque solo,
aunque lleno de años,
seguirá guardando tu nombre
como se guarda una última luz
en una casa que ya nadie habita.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Agosto, 2023.