Aprendí abrazar el silencio de las tardes,
a refugiarme en la paz de mi propio rincón,
donde ya no doy explicaciones a nadie
y guardo bajo llave la puerta del corazón.
No nací para moldes ni rígidos esquemas,
fui siempre intensa, libre y sincera al sentir;
prefiero el gran dolor de ser fiel a mi esencia
antes que disfrazar la verdad y fingir.
Llaman soledad a este retiro sereno,
confunden amor propio con un frío temor;
pero aquí he hallado mi refugio más pleno,
donde sana despacio cada viejo dolor.
Y en esta dulce calma de penumbra y suspiros,
jamás he vuelto a sentir un vacío real:
a mi lado siempre caminan silenciosos
mis ángeles con colitas, guardianes contra el mal.
Ángeles de cuatro patas y mirada profunda
que descansan suaves muy cerquita de mí,
compañeros fieles de la noche más oscura,
los únicos que entienden mi forma de vivir.
Con un roce tibio y un andar apagado,
velan los pedazos que voy juntando al pasar,
recordándome siempre, sin decir una frase,
que si ellos me miran... nada me ha de faltar.