La Mesa Servida
Todos jugamos un rol en la manada,
aunque nadie nos entregue el uniforme.
Alguno vigila,
otro abre caminos,
otro cura las heridas
y alguno, simplemente,
recuerda dónde queda la luna.
Todos nacemos con un fuego,
una extraña manera de mirar las cosas,
un talento escondido
como una herramienta
que nadie nos enseñó a usar.
Pero crecemos
aprendiendo a desear
lo que otros esperan de nosotros:
coleccionando diplomas,
aplausos, relojes
y fotografías donde sonreímos
para demostrar que somos felices.
Mientras tanto,
nuestro verdadero talento
permanece sentado en una esquina,
esperando que algún día
dejemos de tener miedo.
Muchos mueren con las manos limpias,
sin haber tocado jamás
aquello que sabían hacer.
El talento no fue hecho para el trofeo
ni para la vitrina.
Fue hecho para la mesa,
para el hambre de algún otro.
Porque lo que no se sirve
termina pudriéndose en la alacena.
Una palabra que endereza
a quien se estaba cayendo.
Una mano que sabe
dónde poner el clavo.
Una forma de mirar
que nadie más posee.
Una canción que alguien tararea
sin saber que es tuya.
Eso también es talento.
Eso también es dejar algo
sobre la mesa.
El fracaso
es una mesa servida
a la que nunca nos sentamos
a comer.