Qué no daría por un solo segundo entre tus brazos. Un instante apenas, suspendido en el aire, donde el roce de tu piel baste para calmar la sed del mundo y mis ojos puedan, al fin, naufragar en los detalles de tu rostro. Si tuviera ese destello, haría del tiempo un prisionero, estirando cada latido hasta contar mil vidas dentro de un mismo suspiro.
En ese breve parpadeo alcanzaría la dicha más absoluta; nada más me haría falta, pues el universo entero cabría en el espacio que separa nuestros cuerpos. Bastaría ese segundo para declarar cumplida mi existencia, para saber que valió la pena cada paso hasta llegar a ti.
Allí, en el silencio infinito de un abrazo fugaz, te escribiría el poema más hondo, te cantaría al oído una melodía secreta y dejaría en tus manos una rosa de seda que jamás aprenda a marchitarse.