Exhausto de acercarme a mi destino
mi ronca voz ya es sólo cruel gruñido
mi cuerpo yace triste y desteñido
tenue reflejo, lánguido y cetrino.
Temer al impostor que fue tu trazo
craso enemigo de tu eternidad
¡Lucero infame! falto de bondad
mi sombra vuela rauda hacia el ocaso.
Escucha padre bueno y da permiso
a este ruego en mi ciega oscuridad:
disuelve ya tu velo, ¡ten piedad!
y déjame asomarme al paraíso.