El escriba de la penumbra

11 días después

Once días después del terremoto en Cali,
estoy aquí, sentado frente a la ventana de mi habitación,
mirando afuera como si buscara en el paisaje
una respuesta que todavía no encuentro.

Durante estos días pensé que había salido ileso.
La casa no se derrumbó,
las paredes siguen allí,
y por eso creí que yo también estaba entero.

Pero hoy entendí que hay derrumbes
que no hacen ruido,
que no levantan polvo,
que nadie ve.

Hoy sentí que algo dentro de mi cabeza se derrumbó.

El miedo volvió a entrar despacio,
se metió por las grietas de mis pensamientos,
se instaló en mi pecho
y volvió a convertir mi respiración
en una lucha.

El pánico regresó
y con él esa versión de mí
que se siente pequeña, vulnerable,
indefensa ante cosas que no puede controlar.

Hoy no quiero ser fuerte.
No quiero fingir que puedo con todo.
No quiero ponerme la máscara de siempre
y decir que estoy bien
cuando por dentro estoy temblando.

Hoy solamente necesito un abrazo.

Un abrazo largo,
de esos que no necesitan palabras,
que simplemente sostienen
cuando uno ya no sabe cómo sostenerse.

Miro alrededor…
y no hay nadie.

Y quizá esa sea la parte que más duele:
tener tanto miedo
y no encontrar unos brazos donde esconderlo.

Así que me quedo aquí,
mirando por la ventana,
con los ojos llenos de cosas que no sé decir,
respirando despacio,
intentando convencerme
de que este miedo también pasará.

Porque tal vez sobrevivir a un terremoto
no significa salir completamente ileso.

A veces significa aprender a reconstruirse
cuando nadie puede ver los escombros.

Hoy estoy frágil.
Hoy tengo miedo.
Hoy necesito que alguien me abrace.

Y aun así…

aquí estoy.

Con el corazón temblando,
con el alma cansada,
con miedo de volver a caer,

pero aquí estoy.

Y quizá, por hoy,
eso sea suficiente. ❤️