Elizabeth Maldonado Manzanero

Sin estruendo

Sin estruendo se cerró la puerta,
marcando un sexto de mi camino
cumpliendo quizás lo que alguno, 
dictó como inicuo destino.

Cesando la fragua del amor,
una de tantas tardes de fastidio,
el yunque, de un solo golpe,
templó las últimas escamas
del hierro de mi alma,
aún tibia, aún latente
y encorvada de helor.

La piedra de mi cuerpo
persistió en la espera
del artesano ausente.

Como en vuelo de gaviotas,
mis ojos, cenizos de la niebla de vigilia,
semejantes a las redes del pescador,
quedaron prendidos del vacío,
sin la mar que los colmara.

Las breves mareas de alegría olvidaron
el idioma del viento y la arena;
las letras, sustento de mis dedos,
se volvieron árboles envejecidos,
ignorantes del paso de las estaciones,
como mi desértico cuerpo.

Ningún rostro volvió a levantarse
entre el corazón y la memoria.
Solo el relojero, fiel a su oficio,
continuó dando cuerda
al mecanismo antiguo de mis huesos;
y las horas aprendieron a habitarme
sin quebrantar el silencio.

Entre muros de cristal,
las ventanas permanecieron despiertas
soñando hasta el alba.
La materia guardó su quietud.
El tacto, desterrado de la carne,
eligió, sin duda, otro camino.