Rafael Parra Barrios

¡Simplemente Pablo!

 

 

¡Simplemente Pablo!

 

A mi cuñado y hermano, Pablo Flores 

 

​Admito que tengo el alma rota, lúgubre, impactada, pues de repente el guerrero imbatible, el de las mil batallas, Pablo Flores, fue emboscado a la medianoche del pasado lunes y, en pleno conticinio del nuevo día, su vida se esfumó y trascendió a un plano superior.

 

​Venía de celebrar los 22 años de su programa estelar, Que hable mi gente, entre familiares y amistades, cuando se vino a casa y, al pisar su regazo, ofreció un suspiro final ante la oscuridad, el silencio y una intensa paz. Solo un ardid nocturnal así pudo sorprenderlo, porque a la luz del día siempre venció sombras y domó tempestades.

 

​Pablo fue un gran ser humano, un hombre amigo, con un verbo encendido que motivaba y encantaba al más indiferente usuario. Su voz solidaria y su fraterno contenido hacia la gente eran los condimentos que sazonaban la praxis histórica de las comunidades.

 

​En el seno de su familia pinceló una historia bonita, al lado de sus padres, hermanos, su esposa Mercedes y sus hijos Ricardo y Beatriz. Con sus sobrinos mantuvo un lazo sublime, como el que cultivó con Johann, a quien amaba y quien, con solícito y tierno afecto, lo llamaba Papapan, nombre que definía su vida singular.

 

​En el campo de la amistad fue prolífico, pues brindó su ser a sus amigos y estos, a su vez, bondad. Vivió en una cofradía andante, sonora, alegre y deliberante, que izaba ideales y banderas, sueños y quimeras.

 

​Pablo pregonó el gentilicio independence, exaltó la devoción por San Rafael Arcángel, sin dejar de amar y cortejar a San Felipe, defendiendo la identidad y memoria histórica de su Yaracuy amado. Hombre de abolengo, de principios y valores, que como hidalgo caballero de la radio la usó para orientar, con su recia y egregia voz, el camino del bien común, la solidaridad social y la participación ciudadana.

 

​Pablo se fue tapizado por las pompas del amor, por las albricias de sus utopías, por la fe de su lucha, por el abrazo de sus amigos y de su familia, y por la admiración de su pueblo.

 

​Deja un legado en la radiodifusión venezolana, una escuela, un estilo, una voz que traspasó ondas hertzianas, pantallas y redes, un eco eterno en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo de cerca, quererlo, disfrutar su chispa y esa sonrisa que jamás se apagará.

 

​Se fue Pablo... Se fue amando, se fue agradecido, se fue narrando su propia historia, su despedida, y anunciando entre fanfarrias celestiales  el encuentro en Santa Paz con Dios.