¡Simplemente Pablo!
A mi cuñado y hermano, Pablo Flores
Admito que tengo el alma rota, lúgubre, impactada, pues de repente el guerrero imbatible, el de las mil batallas, Pablo Flores, fue emboscado a la medianoche del pasado lunes y, en pleno conticinio del nuevo día, su vida se esfumó y trascendió a un plano superior.
Venía de celebrar los 22 años de su programa estelar, Que hable mi gente, entre familiares y amistades, cuando se vino a casa y, al pisar su regazo, ofreció un suspiro final ante la oscuridad, el silencio y una intensa paz. Solo un ardid nocturnal así pudo sorprenderlo, porque a la luz del día siempre venció sombras y domó tempestades.
Pablo fue un gran ser humano, un hombre amigo, con un verbo encendido que motivaba y encantaba al más indiferente usuario. Su voz solidaria y su fraterno contenido hacia la gente eran los condimentos que sazonaban la praxis histórica de las comunidades.
En el seno de su familia pinceló una historia bonita, al lado de sus padres, hermanos, su esposa Mercedes y sus hijos Ricardo y Beatriz. Con sus sobrinos mantuvo un lazo sublime, como el que cultivó con Johann, a quien amaba y quien, con solícito y tierno afecto, lo llamaba Papapan, nombre que definía su vida singular.
En el campo de la amistad fue prolífico, pues brindó su ser a sus amigos y estos, a su vez, bondad. Vivió en una cofradía andante, sonora, alegre y deliberante, que izaba ideales y banderas, sueños y quimeras.
Pablo pregonó el gentilicio independence, exaltó la devoción por San Rafael Arcángel, sin dejar de amar y cortejar a San Felipe, defendiendo la identidad y memoria histórica de su Yaracuy amado. Hombre de abolengo, de principios y valores, que como hidalgo caballero de la radio la usó para orientar, con su recia y egregia voz, el camino del bien común, la solidaridad social y la participación ciudadana.
Pablo se fue tapizado por las pompas del amor, por las albricias de sus utopías, por la fe de su lucha, por el abrazo de sus amigos y de su familia, y por la admiración de su pueblo.
Deja un legado en la radiodifusión venezolana, una escuela, un estilo, una voz que traspasó ondas hertzianas, pantallas y redes, un eco eterno en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo de cerca, quererlo, disfrutar su chispa y esa sonrisa que jamás se apagará.
Se fue Pablo... Se fue amando, se fue agradecido, se fue narrando su propia historia, su despedida, y anunciando entre fanfarrias celestiales el encuentro en Santa Paz con Dios.